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ESTO YA NO ES CASUALIDAD

Hace unos días compartimos unas historias que tenían que ver con el más allá y el regreso de los muertos en una especie de despedida. Pues bien, durante las lecturas necesarias para traerles La Otra Honduras, me he topado, en un libro diferente y totalmente al azar, con este relato que nos dejó don Marco Antonio Rosa en su libro “Embalsamando recuerdos”…juzguen ustedes:
Siempre he sido un gran caminador, pero en Hamburgo se me avivó más esta afición. No paraba en casa, deseaba conocer a pie toda la bella y extensa ciudad. Para aprovechar todo el día en mis caminatas, almorzaba en cualquier restaurante donde me atrapara la hora.
Uno de tantos días, ¡no!, no fue uno de tantos días…Fue, precisamente el 28 de diciembre de 1934, cuando, embebido en el invernal espectáculo que ofrecía el “Jardín Botánico” de la ciudad, caminaba a buen paso cuando noté a un individuo que, frente a mí, a corta distancia iba en la misma dirección; tenía un gran parecido con mi amigo Julio C. Zamora, de Tegucigalpa. Aunque sólo le veía de espaldas no dudé que pudiera ser él. Pero, ¿qué demonios hacía mi mejor amigo en Alemania, por qué no me había avisado previamente? Caminé más a prisa y opté por llamarle a viva voz. No recibí respuesta alguna…
Como ví que él, a grandes pasos se dirigía a un baño cercano, le llamé de nuevo y, como para probarme que me escuchaba, antes de entrar volvió la cabeza y vi en su cara su misma peculiar sonrisa.
Le seguí al servicio que era de forma circular, con altas ventanas, iluminado artificialmente y con sólo una entrada. Al penetrar, sentí una sensación rarísima de miedo. El pelo se me erizó. Jamás antes me había afectado un nerviosismo igual. ¿Cómo era posible que aquel hombre que ví entrar se hubiese esfumado? Inútilmente intenté echarme atrás. Mis piernas no obedecían mi voluntad. Daba diente con diente y, a pesar de la baja temperatura, sudaba copiosamente…Horas se me hicieron los segundos, hasta que apareció un policía. ¡Qué alivio sentí al ver aquel hombre providencial que me rescataba del angustioso trance!…
Cuando pude articular palabra, le narré en inglés lo acontecido. Rió de buena gana, luego dijo: -“Qué cantidad de whisky tomó usted anoche?”- Asegurándole que era abstemio y notando él que yo temblaba como hoja al viento, me acompañó hasta el Consulado.
Magín y Teresa tuvieron combustible para reír larga y frecuentemente. Por fin, todo fue olvidado…
Doce días después, justamente el 10 de enero de 1935, recibí carta fechada en Tegucigalpa, de mi buen amigo el director Julio Aspuru España, informándome que el 28 de diciembre recién pasado, había muerto trágicamente en la ciudad de Danlí, mi mejor amigo, Julio C. Zamora: cumplido caballero, sincero, generoso, valiente, virtuoso.
Y ahora, usted también lo sabe.

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