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UN RETRATO DEL PADRE VALLEJO

Este día les traigo una descripción (en realidad, varias) de uno de los personajes cuya participación fue fundamental en la Reforma Liberal de nuestro país y que, por una u otra razón, ha ido quedando de lado, rozando casi el olvido, a salvo solo en los círculos académicos. De “ANTONIO RAMÓN VALLEJO, VIDA Y OBRA”, de don Víctor Manuel Ramos (Premio Rey Juan Carlos I de Estudios Históricos, 2005), leemos:
Vallejo tenía una presencia, tanto física como moral, que inspiraba respeto y admiración. Cuantos lo conocieron y trataron así lo testifican.
Por las calles de la provinciana capital siempre se le vio cruzar vestido de etiqueta; bajo el casimir de la levita traslapada, asomaba la seda blanquísima de la estola; el cuello alto, los puños nítidos y almidonados; usaba bastón con empuñadura metálica y zapatillas siempre limpias. Su nombre y su figura eran indispensables en casi todos los actos de trascendencia de la vida nacional.
Su paso era pausado y elegante. El cuerpo de alta estatura, siempre erguido. La tez trigueña, los cabellos bien peinados, hacia atrás; el bigote poblado y corto, los ojos verdes y vivaces.
Dejaba muy temprano la cama, después de haber dormido profundamente. No cesaba ni un instante en la investigación y el estudio. Siempre estuvo ocupado. En su humilde casa, de arquitectura colonial, se guardaban tesoros completos de documentos históricos de incalculable valor y obras de los más admirados autores.
Vallejo era afable, «atraía a todo el que lo viera y en especial a los niños, a quienes acariciaba con sentimiento paternal.»
Fue un patriota completo. El progreso de Honduras le preocupó durante toda su vida.
Desde el puesto de humilde Archivero y Bibliotecario prestó servicios relevantísimos – aún no superados- en el pro del progreso general del país. Carlos Zúñiga Figueroa, ex Director General de Estadística y Censos, que conoció a Vallejo, escribe: «El padre Vallejo, como corrientemente lo llamaba el pueblo, fue un hombre humilde, como lo es todo aquel que lleva dentro del cerebro la chispa de una inteligencia clara y en su corazón, la llama ardiente de un deseo de ser útil a su país sin ambiciones a prebendas que en alguna forma pudiera deslucir el hecho de ser fiel y sincero en sus actuaciones de buen ciudadano. Este hombre original en su manera de ser, vivió para el estudio y para su Patria en un ambiente muy modesto, casi pudiéramos decir de pobreza, pero esa pobreza digna en la cual el espíritu se mantiene altivo dentro de esa humildad que contrasta con la de aquellos que siendo vacíos de alma y de capacidades mentales, hacen alarde de sapiencia y orgullo amparados en altas posiciones inestables o en la base de la riqueza material obtenida por medios en que la decencia queda convertida en una piltrafa.»
Salvador Turcios, historiador hondureño, nos cuenta la anécdota de cómo conoció al padre Vallejo: «Encontramos cierto día por una de las calles céntricas de Tegucigalpa colonial, soñadora y guerrera, vestido de rigurosa etiqueta, con su levita traslapada y su sombrero de copa, con su cuello alto, recto y aristocrático, y fue tanta nuestra curiosidad infantil, que preguntamos rápidamente a alguien que pasaba junto a nosotros: ¿Quién es ese señor? Y el interpelado, bien lo recordamos, nos contestó secamente: ¡Es el Padre Vallejo! Con este nombre, sencillo y cordial, se le conocía en las relaciones casi familiares de la localidad.»
Su capacidad mental era admirable. Más de treinta y seis libros, entre los publicados e inéditos, dan cuenta de su vida laboriosa.
Y ahora, usted también lo sabe.

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