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LOS LENCAS ERAN CANÍBALES

Uno de los detalles que más he disfrutado del libro de doña Doris Zemurray Stone, además de su amenidad, es que me ha brindado datos nuevos y datos conocidos pero citando nuevas fuentes. Es el caso del programa de hoy, que sale de su libro “Estampas de Honduras”:
Río abajo iban los frailes y los pocos soldados que se habían quedado. Fray Esteban (Verdelete. N. del C.) Iba a la cabeza. De pronto la orilla se llenó de vida al aparecer los habitantes de la selva ataviados con brillantes plumas y pintarrajeados lo que indicaba el clan y la guerra. Porque era la guerra. La cabeza del capitán Daza estaba horrendamente clavada en la punta de la lanza más alta en tanto que otras aparecían adornadas con manos de soldados españoles. Una mano particularmente estaba asegurada con la herradura y los clavos que habían sujetado la de un cacique a un árbol.
Fray Esteban tembló con la misma fe que lo había hecho ir años atrás a España para obtener un decreto real relativo a la conversión de aquellas gentes. Predicó fervientemente algo de la ley del Evangelio y la redención de las almas. Y entre más predicaba, más salvajes se ponían los indios hasta que el padre dio con el suelo cayendo hincado bajo los golpes crueles de las mazas de guerra. Un lanzazo misericordioso y rápido evitó que el fraile viera llegar el cuchillo que de un tajo le partió el cráneo de sien a sien. Su compañero, Fray Juan no tuvo tiempo de salir de la canoa, en la que se arrodilló orando frente a la escena pavorosa. Inconsciente quedó por los remos con que lo abatieron y luego fue despedazado su cuerpo a cuchilladas y golpes de maza de palma negra. La mayoría de los soldados pereció de igual modo, pero unos pocos, magullados y seriamente heridos, escaparon con la ayuda de sus armas de fuego.
Por muchos años persistió la tradición entre las gentes de la selva, transmitida verbalmente de padre a hijo, de que los cráneos de los frailes fueron usados como copas para beber la chicha ceremonial hecha de maíz fermentado y tabaco molido; que el corazón fue arrancado del cuerpo y mezclado con la bebida, mientras las piernas, los brazos y los músculos fueron servidos con salsa de chile, y el resto del cadáver partido en tasajos pequeños y lanzado al río para que los arrastrara para siempre. También contaba la leyenda cómo los cálices y los adornos de iglesia fueron repartidos entre el grupo y usados como orejeras y narigueras en tanto que los mismos hábitos sirvieron de excelente vestimenta para las propias danzas religiosas de las gentes de la selva.
Así terminó la primera serie de intentos por conquistar la provincia de Taguzgalpa.
Y ahora, usted también lo sabe.
Nota: Esto se conoce como canibalismo ceremonial. Las partes del cuerpo que hacían fuerte a la persona y por lo cual ella era admirada por sus enemigos, eran consumidas en la esperanza de que su poder sería transmitido a quien las comía. Hasta recientemente, los lencas de las tierras altas practicaban esta costumbre; véase Stone, 1948, p. 213.

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