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A PROPÓSITO DEL «ALMANAQUE BRISTOL»

Esos nombrecitos
¿Cómo se llama usted, señorita? -Mi nombre es Jenice Keihanaikukauakahihuliheekahaunaele. ¡Plop! Nada más y nada menos que 35 letras. Más largo que una ventosidad de culebra. Qué difícil debe ser para esta bella dama pronunciar su apellido. No obstante, ya tiene la satisfacción de haberle ganado al Estado de Hawái, una larga batalla legal, a través de la cual logró que el Departamento de Transportes ampliara el espacio en las licencias de conducir para que ella y otros, con nombres sumamente largos, puedan inscribirlos en ese importante documento.

Cuántas sonrisas, cuántos comentarios, cuántas burlas, cuántos problemas con este su famoso apellido. ¿Se lo cambiará algún día o seguirá con él por los siglos de los siglos, amén?

Porque este asunto de los nombres y los apellidos es cosa seria. Conozco casos.

Por ejemplo, muchos no están muy contentos con sus nombres tomados del bendito Almanaque de Bristol. Basados en este, algunos desalmados padres han puesto a sus hijos nombres como Fulgencio, Oringa, Telésforo, Epifania, Ifigenia, Canuto, Marciana, Anastasio, Teodosio, Malaquías, Macrina, Volusiano y Librada. Pero allí están los tribunales para enderezar tamaño entuerto.

Hace años un tipo se apersonó a un juzgado civil porque quería cambiarse de nombre: se llamaba Encarnación Perfecta Cacca, y era objeto de burlas. Le decían a secas «Perfecta Caca» (apellido con fonética mal pronunciada).

Cuando Brasil obtuvo el tricampeonato mundial de fútbol, en México 70, un fanático bautizó a su hijo con 16 nombres en homenaje a los héroes del «Scratch» (11 de los titulares y 5 de los suplentes que más alternaban). A su nuevo retoño lo llamó Pelé Tostao Gerson Clodoaldo Carlos Alberto Jairzinho Leao Félix Rivelino Brito… Oliveira Do Santos.

Un aprista talareño, fanático del fundador del partido de la estrella, acudió borracho al registro civil, el último día de plazo, e insistió para que el registrador inscribiera a su hijo con el nombre de «Víctor Raúl Haya de la Torre Contigo Hasta la Muerte». El empleado hizo la finta, pero ¡no!…, salvó al niño de problemas posteriores.

En los últimos años se pusieron de moda nombres como Diego, Gonzalo, Christopher y Jonathan, entre otros. Cuando son niños, estos suenan bien, pero ya en un tío de 90 años que se llame «Jonathan»… como que no va.

Y la tapa son aquellos «microabuseros» o taxistas que en el vidrio posterior de sus vehículos registran el nombre (mal escrito) de sus vástagos: Yon, Brallan, Guilson, Yonatan, Llajaira. O aquellos padres selváticos que han puesto a sus hijos nombres como Goodrich o Goodyear, tan solo porque los leyeron en las llantas de un helicóptero o una camioneta que llegó de pronto por allí.

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