CHUMASCUÉN

Hoy daré inicio a un pequeño homenaje a don Jesús Aguilar Paz. El autor de nuestro primer mapa fue, entre otras muchas cosas, un lector persistente, observador brillante y amante, por sobre cualquier cosa, de nuestro país. Empezamos entonces con un escrito que hallamos en uno de sus libros, Hombre de Tlalpan, llamado “Chumascuén”:


El viajero que va de la ciudad de La Esperanza, en la altiplanicie de Intibucá, hacia el sur, rumbo al distrito de Camasca, departamento de Intibucá, ya cuando marcha a la altura de San Marcos de Sierra, antes Güirampunquen, divisa la bella perspectiva, la tierra caliente, como designan las gentes a la ardiente cuenca del río Lempa, Guarajambala, Dolores y Rio Negro, un grupo de oteros y serranías ásperas forman el distrito de Camasca, que culminan en el Cerro Brujo, Chumascuén, quizá el único que en todo ese litoral fronterizo ostenta orgulloso un penacho de pinos, como sello de su hondureñidad. En ese recodo de la frontera hondureña con la república de El Salvador, están distribuidos los pueblos de Camasca, Colomongagua, San Antonio, Santa Lucía y Magdalena, casi todos besados por el soplo de la tradición, siendo el más poblado el de Colomongagua o Colo, como comúnmente se le nombra. Pero donde el mito de la leyenda perdida asienta su florido pincel de sombras y claroscuros, es en el cerro Chumascuén, eminencia de nombre sonoro, situado al sur de Camasca, a una y media leguas de distancia aproximadamente. 
Visto de lejos presenta un corte a pica y en su cima me contaron que existe una laguneta, habiendo otros depósitos de agua pequeños, a los lados y al pie del cerro. Se dice que en ciertas épocas del año se miran paciendo en los campos partidas de ganado blanco de misteriosa procedencia, pero lo maravilloso consiste en que uno de los estanques citados vivía una encantadora sirena, amiga de las cosas mundanas, pues según los decires del pueblo tuvo amores con uno de los señores más ricos de la región. La verdad es, según la leyenda, que el feliz hombre estaba enamoradísimo de su encantada sirena y ésta, poderosa, le concedía todo cuanto le pedía, motivo por el cual dicho hombre gozaba de cuantiosa fortuna.
Sucedió una vez que nuestro donjuán llevó en una de sus rondas mágico-amorosas, a un sirviente de confianza que tenía. Tan pronto llegaron al misterioso estanque salió a recibirlos la ninfa endiosada, ataviada de esplendente vestidura, como cualquier fémina hermosa de esta tierra pecadora. Como de costumbre, la sirena los condujo al interior del Chumascuén, en donde el hada enamorada de sus dominios era como la Proserpina de la fábula griega. 
Salieron amo y sirviente acompañados por la beldad de las ninfas, a unos campos hermosísimos, cuajados de variados árboles frutales, de los que el amo previno al criado con anterioridad que gustara de sus frutos, pero sin llevarlos consigo. También le había instruido que cortara las hojas de las plantas por las rutas que cruzaren, lo que cumplió el fámulo fielmente. Pero de repente la sirena los llevó a un palacio esplendoroso y brillante, al cual no tuvo acceso el fiel sirviente. Pero éste, intrigado por saber el punto en el que quedaría su querido patrón, a hurtadillas contempló en el interior de un lujoso salón, varias beldades que en banda corrieron a agasajar al inusitado visitante, más pasada la alegría extraordinaria, todas las ninfas se convirtieron inesperadamente en serpientes voraces, que devoraron al rico donjuán con suma ligereza. El pobre criado, temeroso pero fiel, quedóse esperando la salida o el fin de su patrón hasta el día siguiente, cuando ya había perdido la esperanza de volverlo a ver, notó con sorpresa que muy orondo, venía arriando varias mulas cargadas de sal, maíz, y otros menesteres.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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