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LAS PRIMERAS BIBLIOTECAS EN HONDURAS

De las “Memorias de Honduras”, de don Rafael Heliodoro Valle, tomamos esta nueva página de La Otra Honduras. Como verán, se trata de una página triste, sobre todo en lo que se refiere a las coheterías:
El Colegio Tridentino de Comayagua y la Universidad que fundó el Padre Reyes, tuvieron las primeras bibliotecas; y con tales libros se empezó a formar el acervo de la Nacional, que se inauguró el 27 de agosto de 1880 y fue reorganizada bajo la primera administración del General Bonilla.


Las bibliotecas de don Justo José y don Dionisio de Herrera tenían libros en francés. Terminaron en poder de los coheteros, en 1846 o 47, y uno que fue ganancioso fue Gregorio Rivera, el más hábil de los brujos pirotécnicos de entonces. Me contaba el Dr. Cresencio Gómez que él compró un libro: “Historia de las Indias”, del Abate Reynal, y uno de Física. El Secretario de la Universidad, que era don Miguel Antonio Robelo, nada quiso comprar. El mismo fin tuvieron los manuscritos del Padre José Gabalda, franciscano de la misión del Padre Verdelete, quien escribió la vida de éste y su labor apostólica en Taguzgalpa: un R.P. Comisario los vendió en boticas y coheterías (dice el cronista Vásquez); y, comentando el suceso, agrega el biblógrafo Beristain que cierta vez, del famoso Real Colegio de San Pablo, de México, fueron extraídos 4 o 6 carros bien llenos de libros y manuscritos impresos para que los compraran los coheteros, y por orden del Rector Doctor Melero.
Los Herreras recibían libros desde Guatemala y así lo ratifica este fragmento de carta que don Dionisio escribió al Padre Francisco Antonio Márquez (1823): “Dime qué libros buenos hay en esa (Guatemala). Por mano de Barrundia y otros pueden conseguirse algunas obras raras, que compraré a cualquier precio”. A Tegucigalpa llegaban por ese tiempo muchas gramáticas, obras francesas, diccionarios y no pocos volúmenes de literatura; se leía mucho el famoso libro “Las ruinas de Palmira” y todas esas remesas eran enviadas de Europa, vía Trujillo.
Una de las primeras librerías que hubo en Tegucigalpa, y para eso con propósitos de abastecer a los alumnos de las escuelas públicas, fue la de un negro antillano a quien todos llamaban “Monsieur” y lo alude el Dr. Rosa en su artículo “Mi maestra Escolástica”. En la librería de “Monsieur”, que estaba en la Calle del Comercio, se vendían cartillas, catecismos y catones; la Aritmética de Domínguez, la Moral de Escoiquiz; la Historia de la Religión del P. Mazo; “La Voz de la Naturaleza”, para los niños y el “Bertoldo y Bertoldino, para los literatos”.
Las bibliotecas del Padre Reyes y don Francisco Cruz merecen recuerdo, lo mismo que las del Padre Yanuario Girón, el Dr. Ramón Rosa, el Dr. Alberto Membreño y el ingeniero Miguel Midence, muchos de cuyos ejemplares de Matemáticas, sobre todo, conocí en su casa familiar.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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