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LA PRIMERA ORACIÓN DE DON RAMÓN ROSA

Ayer les contaba, precisamente en palabras de don Ramón Rosa, cómo se inclinaba a orar el Padre Reyes. Pues quiso la casualidad que, leyendo en la “Obra Escogida” de don Ramón Rosa, me encontrara con este simpático recuerdo de su propia primera experiencia religiosa:

Mi llegada a la escuela fue acogida, en mi entender, con un verdadero, pero reprimido sentimiento de simpatía. ¡Mi maestra no daba lugar a sus discípulos para grandes expansiones del alma!

A poco de haber sido echado al suelo, mi maestra me llamó:

-Vení acá charoludo, llorón.

En el lenguaje de mi maestra, plagado de provincialismos, charoludo quería decir de ojos grandes y muy feos. Convengo con mi maestra en lo de feos y muy feos; pero en lo de grandes no puedo convenir, pues nunca los tuve tales, ni espero tenerlos, mientras Dios me preste la vida, pues ha mucho que pasé el período de mi completo desarrollo físico.

Por toda respuesta acudí tembloroso y dolorido al lugar que ocupaba mi maestra. Me llevó al extremo opuesto en que estaba la banca.

Me puso de rodillas frente a la Virgen del Carmen, y me juntó las manecitas, colocándolas en actitud de implorar. Yo dejaba hacer, con la docilidad con que una pura e indolente niña deja a un joven retratista, a quien tiene vergüenza, que le de postura adecuada para sacarle su fotografía.

Colocado convenientemente, mi maestra agregó, dándome un empujón” Rezá el Bendito…

Un copioso sudor frío corrió sobre mi cuerpo. No podía rezar el Bendito por la incontestable razón de que no lo sabía. Guardé un silencio que tenía toda la elocuencia de un supremo dolor.

Vista mi aflicción, de los frescos labios de una de mis condiscípulas, salieron cual una tierna y débil súplica estas palabras compasivas:

¡Si no lo sabe! ¡Pobrecito! ¡Tan chiquito!

-¿Qué?…, -replicó mi maestra, irguiéndose indignada.

Ante aquel horrible, ¿qué?, todas las juveniles cabezas se inclinaron, como movidas por un solo resorte, y no se oyó ni el más leve rumor.

Pudo percibirse el aleteo de una mariposa.

Recobrada la disciplina, a tan poca costa, mi maestra me dijo el Bendito y alabado sea el Santísimo, tres o cuatro veces; y yo seguía su fuerte y llena voz con mi triste vocecita ahogada por los sollozos.

Después añadió, menos enojada:

-Mañana será otro día, ñor quejitas. Ahora vamos a ver la lección.

Y ahora, también Usted lo sabe.

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