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EL PATRÓN DE SAN MIGUEL

Siempre disfruto la lectura de los libros de doña Leticia de Oyuela. Sus historias noveladas le permiten a uno obtener otro tipo de contacto con nuestro pasado. Aquí va una muestra:
Tegucigalpa surge como poblado en el siglo XVI, cuando gracias a las noticias del oidor Diego García de Palacios, informa al rey y en suma a todas las autoridades reales, de las innumerables minas que esperaban la mano del hombre para entregar los dones que guardaba la tierra.
A medida que fue creciendo el poblado también fueron creciendo las virtudes y defectos de sus habitantes. La eterna dicotomía del bien y el mal empezó a empañar el alma del poblado, de tal manera que muchos de sus moradores trajeron al mismo el culto al arcángel San Miguel, en la creencia de que sólo san Miguel podía ser el símbolo preciso y objetivo de la codicia -que por causa de la minería-, empezaba a cundir entre ese minúsculo Real de Minas.
Fue posiblemente de Puebla de los Angeles (México), que llegó el culto al santo ángel. Existen rastros de que el obispo tlascalteca Merlo de la Fuente, hizo reproducir una copia del que aún se encuentra la catedral virreinal pintado por Villalpando, que desgraciadamente nunca llegó al poblado por estar vigente el temor -típico de los franciscanos-, de exhibir imágenes que tuvieran visiones zoomorfas, que en aquel extraño temor de que los aborígenes adoraran a la bestia -en recuerdo de sus antiguos anuales- en vez de la aceptación plena del nuevo credo evangelizador.
En épocas posteriores, San Miguel y su culto simbolizó la unidad no solo del poblado, sino también la aceptación sincrética de todos los cultos, proclamándose entonces San Miguel como el protector no sólo del poblado, sino la opción por un mundo, que en su maniqueísmo privilegiaba la luz contra la sombra; es decir, la aceptación de un Dios todopoderoso y eterno favorecedor de la especie humana, contra las sombras y la oscuridad donde florecen las fuerzas maléficas destructoras del hombre.
si se revisa tanto títulos de tierra como poblados que existen en el país, nos encontramos con una gran cantidad de nombres dedicados al Santo Angel acompañados algunas veces de las toponimias indígenas, que nos dan pistas precisas, no solo para determinar las etnias fundadoras, sino también sus múltiples procedencias.
El clímax de esta visión del mundo, se da en la primera mitad del siglo XVIII, cuando se construye la parroquia dedicada al Santo, que además instituyó las fiestas de la ciudad, de corte eminentemente popular, patrocinadas por la Alcaldía, institución que mantenía la autonomía y mediante la cual el poblado se manifestaba como tal.
Fue San MIguel musa fundamental de artistas y teólogos. Su sola imagen era el planteamiento subliminal de una eterna lucha del bien contra el mal, pulsión que se legalizó gracias a la proclamación de hacer del bien común un numen protector, frente a los desmanes que frecuentemente acompañan no sólo a la codicia sino a la ensoberbecida riqueza.
Y ahora, Usted también lo sabe.

 

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