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EL TESTAMENTO DE EL PARTIDEÑO

Las leyendas son parte de las tradiciones que, a pesar de no tener necesariamente una base real, contribuyen a llenar ese hueco tan útil en la fantasía popular. Así lo veremos hoy en esta historia que nos prestó don Pompilio Ortega en sus “Patrios Lares”:
Merece artículo aparte el original testamento del célebre ladrón, quien por largos años mantuvo en expectativo temor a cuatro repúblicas de Centroamérica. Cuentan sus biógrafos, quienes, dicho sea de paso, nunca se han puestode acuerdo, que sus entierros se encuentran por los caminos que él transitaba y que en un libro empastado, que quedó en poder de cierta persona vecina de Chinandega, quedaban las descripciones, confusas desde luego, de los lugares donde se encontraban; todo por voluntad suya, pues no murió de muerte artificial según se sabe, gracias a su mula de silla que le advertía de la proximidad de personas extrañas por el sonido que percibía en el terreno.
Inmediatamente que la mula daba señales de sentir que alguien se aproximaba a El Partideño, ordenaba que el ganado fuese regado en el campo y él y sus mozos se escondían, mientras pasaba el peligro. Esta estratagema, dio origen a la otra leyenda, de que tenía el poder de hacerse invisible él y sus partidas de ganado (de ahí su nombre), pues se encontraba el rastro de los animales en el mismo camino, sin embargo, ellos nos habían podido verlos. La persona que tenía el libro ganaba un peso por la consulta, cosa que le creó un buena renta, pues aún hoy día se sabe de personas que buscan esos tesoros. Entre las descripciones más interesantes estaba la del entierro de El Pedregal, muy fácil de localizar, pues había una estatua, a la que el manuscrito hacía referencia diciendo que el dedo de la mano indicaba el lugar. Aquel sitio fue escarbado prolijamente por centenares de buscadores de suerte, hasta que uno de tantos, enojado con el muñeco que se burlaba de todos, se dirigió hacia él quebrándolo con el pesado martillo con el que reventaba piedras, y cuál no sería su sorpresa al ver que la tal estatua estaba llena de valiosos metales.
La equivocación consistía en que todos escarbaban para el lado que señalaba el dedo índice, y era el meñique, que señalaba la barriga de la estatua, el que anunciaba la verdad.
Y ahora, usted también lo sabe.

 

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