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LOS MÉDICOS, LAS PESTES Y TRISTEZAS DE DON JORGE FIDEL

Por supuesto, me refiero de nuevo a don Jorge Fidel Durón quién sigue brindándonos luz desde el pasado no tan lejano de nuestra Honduras, con sus “Cosas de tiempos pasados”:
Se debilitaba el recuerdo añejo de las invasiones de los indios Curarenes y Texíguats, como se olvidaban ya el recuerdo del Año del Polvo, cuando hiciera erupción el volcán Cosigüina en 1835, con cuyo relato se llenaba la boca de la querida abuelita Tomasa Cabrera. Pero la peste estaba siempre con nosotros, si no era la fiebre amarilla y la peste bubónica en los puertos, era la viruela la que asolaba los campos y las ciudades. Y entonces todos nos llenábamos de terror, se cerraban con tranca puertas y ventanas, como si con ello se pudiera extirpar el temible flagelo.
Y entonces ya no eran nuestros héroes los andrajosos soldados victoriosos, que desfilaban con sus escarapelas multicolores -a veces rojas, a veces azules-, montados en famélicas cabalgaduras, marchando al sol bajo los artísticos arcos triunfales que, en su honor levantara el populacho sin memoria, sino los médicos que, como Trino Mendoza, don Julián Baires y don Juan Sierra desandaban el camino hacia el Lazareto (lazareto es un hospital o edificio similar, más o menos aislado, donde se tratan enfermedades infecciosas), montado en Toncontín, donde hoy está la Escuela Nacional de Aviación.
Al filo de la medianoche pasaban las lúgubres carretas, rebotando sobre el empedrado, con su carga fatídica de los evacuados o, las más ominosas todavía, de los cadáveres en ruta al camposanto. Y nuestra admiración crecía todas las mañanas cuando, por las rendijas de los balcones, temblorosos nos atrevíamos a ver pasar a los generosos médicos que, desde entonces, comenzaban a portar el esperanzador brazalete de la Cruz Roja.
Otras escenas espeluznantes habían de conmovernos también cuando, por en medio de la calle, se hacía desfilar a mujeres engrilladas, por motivos políticos o a los condenados a muerte. Nuestros padres procuraban ahorrarnos el penoso espectáculo pero, dominados por la curiosidad, escapábamos a su vigilancia al tiempo que al redoble de los tambores y marchando con un pequeño piquete de tropa, se llevaba al patíbulo a Indalecio Cruz, reo de asesinato, hierático e impasible entre un abrumador silencio.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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