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MANGOS DE ORO Y LIBÉLULAS AZULES

De esa pluma privilegiada que acompañó siempre a don Rafael Heliodoro Valle y de su libro “Tierras de Pan Llevar”, les traigo hoy esta hermosa estampa de tiempos no tan lejanos:
La tierra caliente cabe—toda blanda como un junco, temblorosa como una dulzaina- dentro de la impaciencia de mis cinco sentidos. Yo la he besado desde un balcón, en una cita que aún me sabe a locura de madreselvas, bajo la luna llena. En ella no hay más que canción recóndita, rumor de carretas que van al mar, pinares que parecen el hospital verde en que se curan las calandrias. Las gentes son iguales al pan en lo buenas, al agua en lo desprendidas. ¡Ah, mis días de la infancia, mis crepúsculos de la tierra en que los mangos de oro dicen boberías a las libélulas azules!.
Me invitó mi gran amigo el coronel Manuel Zúñiga a pasar una temporada en su palacio real, desde cuyas ventanas se veían los aguaceros y los llanos. En los corredores había alborozo de vacas y de terneritos desde que Dios echaba su luz hasta que doña Petrona encendía las teas de ocote en la cocina. Arboles de flores rosadas me aturdían, la leche fresca borbotaba en las jícaras la canción de la espuma y una hamaca nos servía de reloj cuando la señora alcaravana se iba a dormir con su esposo el señor alcaraván, aquel que tenía unos ojos que daban ganas de arrancárselos para ver lo que había adentro, ¡pues eran tan preciosos!
El coronel Zúñiga era dueño de aquellos ganados felices que lo conocían muy bien: las vacas, una por una, le daban los buenos días comiendo la sal que les alargaba con la mano, y si amanecía lloviznando, nos poníamos a contar cuentos del camino real, o a decir adivinanzas de las que saben arrieros y jayanes, mientras los muchachos del mayordomo curaban la gusanera de la vaca vieja o echaban en las cubas el torrente blanco de la ordeña.
Vivíamos en aquel letargo de égloga y pastorela, frente a las montañas pingües, oyendo el rumor del viento al pasar entre los ocotales. Y al mediodía, cuando el sol tumbaba a los perros en el patio y el pato buscaba algo en la cocina, la hamaca era el consuelo de nuestra holganza.
Las mujeres preparaban la comida cantando viejas coplas. El panorama se volvía de oro encendido más allá de los girasoles de la milpa; y se creía a ratos que alguien había deshecho en el aire todos los élitros dorados que habían dejado al descubierto el pecho de la primavera. Era un aire en el que se derretían los matices y palpitaba un loco esplendor. El cielo estaba punzado de un azul en fiesta.
Ahora comprendo que tenía razón Rubén Darío: “Hay que saber lo que son aquellas tardes de las amorosas tierras cálidas. Están llenas como de una dulce angustia. Se diría a veces que no hay aire. Las flores y los árboles se estilizan en la inmovilidad. La pereza y la sensualidad se unen en la vaguedad de los deseos. Suena el lejano arrullo de una paloma. Una mariposa azul va por el jardín. Los viejos duermen en la hamaca. Entonces, en la hora tibia, dos manos se juntan, dos cabezas se van acercando, se hablan con voz queda, se compenetran con mutuas voliciones; no se quiere pensar, no se quiere saber si se existe, y una voluptuosidad miliunanochesca perfuma de esencias tropicales el triunfo de la atracción y del instinto”.
Yo me asomaba a la ventana para divisar los montes floridos y asoleados -tal en un libro de estampas- y doña Petrona aparecía de repente, detrás de una gallina gárrula, con una fruta o con una canción.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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