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UN ROBO DEL DIABLO EN NOCHEBUENA (PRIMERA PARTE)

Para cerrar este fin de semana con broche de oro, y porque lo prometido es deuda, aquí tienen la segunda parte de esta historia que tomé del libro de don Rafael Heliodoro Valle, “Tierras de Pan Llevar”:
Y entonces entraban, sonando sus instrumentos de caña y de barro, sus pájaros colorados de Ojojona, sus flautas unánimes, los chiquillos de la vecindad.


En el patio estaba el teatrillo de la pastorela. Las viejas vendedoras congregaban a las personas grandes en torno del ponche caliente.. Y sobre el aire deslumbrador de la noche, rodaba el aroma de los árboles, que se habían vestido de gala como los santos peregrinos.
Se alzó el telón aquella noche y aparecieron los pastores dialogando con las pastoras sobre la falta de las lluvias, la última peste de las gallinas, el ternero mal curado de la gusanera. Una música pueril salía detrás de los cerros, despertando a la población más humilde y célebre de la historia. Los tres reyes se presentaron entre el reflejo de sus espadas y el tropel de sus cabalgaduras. Bajo las enramadas preparábanse las cenas al aire libre, y el humo de las cocinas era tan azul como el que estaban echando la mula y el buey de la cándida fábula.
Aquella noche estábamos impacientes. El telón no se había levantado de prisa y los músicos cabeceaban de sueño sobre los atriles. Mis ojos seguían las evoluciones de la estrella, que unas veces era de plata, otras de oro, y de pronto despedía chispas de perlas como las que yo había visto en la corona del rey Salomón, en la historia del Padre Mazo, que me dio de aguinaldo mi abuela.
Algo pasaba telón adentro. La gente comenzó a dar inconvenientes voces. La pastorela no había concluido y el Diablo no daba señales de vida, por más que los muchachos queríamos sacarle la lengua y arrancarle unos siete pelos.
De repente apareció en las tablas, sin saber cómo principiar el discurso, el señor director de escena, para decirnos:
-Respetable público: tenemos la pena de suspender la pastorela porque el Diablo acaba de robarse a la Virgen.
Las viejas se santiguaron al oír esto. Los polizontes pusiéronse en movimiento para buscar al muchacho que hacía el papel del ángel peludo y poner a salvo a la que se dejó raptar. Fue aquel un gran suceso en mi ciudad, y durante varios años no se habló de otra cosa.
El Diablo tuvo que marcharse para nunca volver. A la Virgen lo único que se le perdió fueron sus zapatitos, y por eso se halla descalza.
Y ahora, Usted también lo sabe.

 

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