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LA ÚLTIMA AVENTURA DE CICUMBA

En otra de las muchas páginas de “La Otra Honduras” habíamos conversado ya, muy por encima, sobre nuestros otros héroes indígenas. Todos ellos merecerían, por sus hechos, un lugar en nuestra historia que, inexplicablemente, se les ha negado. Avanzando en mi lectura del libro de doña Doris Zemurray Stone, “Estampas de Honduras”, me encontré con este texto que hoy comparto, en donde se hace mención también de Gonzalo Guerrero, de quien nos ocuparemos otro día:

El primer paso fue importante en varios sentidos, y Alvarado lo dio. Abajo del valle del Ulúa y el gran valle de Sula no sólo era buena la tierra para la agricultura, sino que estaba habitado por numerosos pueblos que en una época hospedaran los tan necesarios trabajadores. La mayoría de estas poblaciones quedaban dentro de la jurisdicción o formando parte de una liga encabezada por el poderoso cacique Cicumba. De repente, los sitios fortificados, tales como lo evidencian los vestigios de la cumbre del Cerro de Palenque, y los puestos bien protegidos que había en la ancha avenida del río, parecieron actuar como uno solo, como si fueran guiados por un solo jefe, una fuerza admirablemente coordinada. Parecía que Cicumba fuera el responsable de la fuerte resistencia sistematizada que los españoles encontraron en el valle, pero Alvarado tenía justa razón para estar más afligido que de costumbre.
Por lo general, las comunicaciones locales eran fantásticas. No se sabe cómo, pero las noticias circulaban aun entre el monte más tupido. Alonso Dávila había salido de Chetumal, cuando la rebelión maya triunfaba momentáneamente. Sin ningún motivo aparente, cincuenta canoas salieron de la costa de Yucatán y atravesaron con arrogancia la Bahía de Honduras. Uno de los que iban era uno que había sido ciudadano español antes, Gonzalo Guerrero; tenía las orejas agujereadas, el cuerpo tatuado, y ciertas partes de su cara con cicatrices por las continuas incisiones hechas para verter sangre en sacrificio personal a los dioses mayas. Cuando el grupo belicoso llegó a suelo hondureño, Cicumba había ganado tiempo. Organizó sus hombres, y reforzó las fortificaciones. Cierto que a su llegada Alvarado encontró que los indios habían construido obras defensivas a la manera europea. A la orilla del Ulúa había trincheras y palenques, hechos al estilo más bien español que indígena.
No tardó mucho el conquistador en darse cuenta de que no había nada de casual en este arreglo. Bien enseñado por la experiencia a ser precavido en las condiciones singulares. Pedro el «Galán» decidió atacar sin demora alguna. Los españoles de repente remontaron en canoas el Ulúa y con valor, casi con obstinación, asaltaron la fortaleza de los indios. Fue un recurso original que se llevó a cabo con la velocidad de una flecha. Los naturales se vieron obligados a ceder. Cicumba fue capturado junto con muchos de los que le seguían.
De una manera o de otra, siempre se cumple la ley de las probabilidades. Después de un número de batallas fantásticas, y una vida más que pintoresca, murió Gonzalo Guerrero; su cuerpo pintarrajeado para la guerra quedó sobre el valle de Sula. La bala de un arcabuz español había encontrado en él su blanco, y los mayas y sus aliados habían perdido un amigo que necesitaban.
Y ahora, Usted también lo sabe.
(N. del C.: Doña Doris atribuye a los Mayas la rebelión Azteca contra Cortés).

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