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RAFAEL HELIODORO VALLE, POETA DE LOS MILAGROS COTIDIANOS

No podía falta en este repaso por los grandes de nuestras letras, que tomo del sitio de Casasola Editores y que fue escrito por don Oscar Castañeda Batres, la pluma siempre inspirada del autor de los Jazmines del Cabo:
Rafael Heliodoro Valle (1891-1959), aun cuando su primer libro (El rosal del ermitaño —prosa y verso) haya aparecido en 1911, pertenece igualmente a esta generación, pues su fundamental expresión poética comienza con Ánfora sedienta, publicado en 1922.

Valle se definió desde este libro, poéticamente, como
el de la frase que toma
dulcedumbre de paloma
y odorancia de violeta.
Aunque forma parte, cronológicamente, de esa generación americana intermedia entre el último grupo de modernistas y el primero de vanguardistas del siglo XX a que alude Henríquez Ureña, Rafael Heliodoro Valle realmente se mantuvo dentro de los lineamientos del posmodernismo o, por mejor decirlo, del modernismo de la segunda época. Todavía su verso —aunque ya llevado a caminos de sencillez— tiene la fundamental preocupación por la musicalidad:
Será la aurora fina y dulce y clara,
y toda tarde clara y dulce y fina,
y toda noche clara y fina para
oír a la oropéndola que trina.
Música y color son obsesivos en las páginas poéticas de Valle. Así lo advirtió José Santos Chocano cuando en la palabras liminares de Ánfora sedienta escribió:
“El poeta del Ánfora está loco de prismas. En sus ojos retiembla la embriaguez de las piedras preciosas. En sus manos se sonríe el delirio tornasolado de las sedas… Ha hecho sonoro el iris… Dijérase al leer estos poemas —que así merecen ser impresos en páginas de seda como precedidos por iniciales de misa!— el que asiste a una orquestación de los siete colores, apurados en la combinación febril de todos sus matices y revestidos por la pompa exuberante de una gran lujuria verbal”.
Ejemplifica esta característica de la poesía de Rafael Heliodoro Valle, mejor que cualquiera otro de sus poemas, aquel canto: La escuela de la niña Lola, en el cual vació su ritmo y su añoranza de la infancia lejana en el tiempo y en el espacio:
Amanecía
azul el alma mía.
Todo en el aire estaba floreciente.
Dos cosas claras en la escuela había:
mi corazón y el agua de la fuente.
El agua sonriente
era un altar
lleno de luz solar
que aún me deslumbra:
los pájaros llegaban del oriente
a beber y a cantar
como en un nido
lleno de azul, de risa y de penumbra.
¡Y el sol era un muchacho consentido!
Y su recuerdo aún me tornasola.
La niña Lola
estaba sonrosada y sonreída
como la vida y como la ilusión.
Yo aprendí esta lección.
Para mi vida:¡la música del agua va escondida
y tiene un ritmo como el corazón!
Vano sería buscar en el poeta de Los jazmines del Cabo, La abuela Petronila y El alcaraván del patio, los temas trascendentes; en él la poesía era remanso de las labores cotidianas del saber. Venía a ella, de paso, de sus maravillosos viajes por bibliotecas, hemerotecas y archivos. Señalado historiador, primera figura de la bibliografía continental, periodista de incomparable agilidad, cronista del dato preciso y erudito, Rafael Heliodoro Valle fue poeta por innata vocación. Y —lo ha señalado con acierto Ernesto Mejía Sánchez— “no sólo ha sido poeta en verso; sino en la prosa difícil del relato corto, como en el olvidado (aunque inolvidable) Espejo historial…”
Rafael Heliodoro Valle —que a sí mismo se colocó junto y después de Guillén Zelaya, en su Índice de la poesía centroamericana— fue fiel a su poesía. Aun cuando cantó alguna vez a los héroes, no pudo endurecer el verso; y para loar a Cabañas, el general invicto de todas las derrotas, sólo tuvo este pie:
Cabañas, el héroe de barba de luna…
En su homenaje —y porque la mañana aquella en que lo llevamos al Panteón Jardín, de la ciudad de México, estallaba de sus preferidos azules— quiero recordar aquí su soneto, Azul de Huejotzingo:
¡Qué feliz el azul y qué contento
se sonríe en el agua el sol hermano!
La campana es campánula en el viento
y todo está al alcance de la mano.
Y la clásica voz y el nuevo acento
y la palabra que se dice en vano,
y el lobo que, como un remordimiento,
se apacigua en el pecho franciscano.
Todo como la limpia vestidura,
Señor, que le darás a la criatura
del ojo hermoso y la mirada inerte;
y todo ardiendo en la plegaria mía,
para pedirte que me des un día
así de azul, a la hora de la muerte.

Y ahora, Usted también lo sabe.

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