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NO BASTABA CON LA EDUCACIÓN EN CASA

Mucho se ha estado insistiendo últimamente en el rescate de los valores y la educación que le cabe a los padres inculcar en sus hijos. No voy a discurrir sobre las muchas razones que existen hoy para que esto no sea tarea sencilla, como nunca lo ha sido. Pero sí vale la pena que hagamos notar otra de las responsabilidades de nuestros gobernantes en este aspecto: los espectáculos públicos. Así parecía opinar también don Marco Antonio Rosa en este extracto que tomamos de su libro “La Tegucigalpa de mis Recuerdos”: 

A pesar de esto, en aquella Tegucigalpa, había relativamente mayor inquietud artística que ahora. En cuanto a música clásica y semiclásica, ¿quién no canturreaba la parte melódica de óperas y operetas? ¿Acaso no se vivía pendiente de los conciertos que, jueves y domingos, en el kiosko del Parque Central ejecutaba la Banda de los Supremos Poderes? ¿No fueron los maestros Carlos Hartling y Manuel de Adalid y Gamero quienes nos educaron el oído? También nos era dado entonces deleitarnos con la Orquesta “Toda a Cuerda” del artista nacional Rafael Coello Ramos; la de Leonidas Rodríguez, llamada Lohengrin, y los conjuntos musicales como el de don Carlos María Varela y algunos otros. Viejos y muchachos silbábamos de principio a fin los valses vieneses. ¿Quién no conocía la música de Strauss, célebre compositor austríaco? Es más, era tanta su popularidad, que el pueblo acostumbrado a tejer su propio lenguaje, convirtió la palabra vals de Strauss en el simple vocablo “Destro”.
En cuanto al lienzo y al pincel, algunos españoles habían venido a la capital. Daban clases del divino arte y pintaban retratos y paisajes por encargo. Fue en aquella época cuando regresó de España el artista hondureño Carlos Zúñiga Figueroa, quien comisionado por el gobierno, completó para el Salón de Retratos, la galería de nuestros próceres. Años después vinieron los hermanos Zoroastro y Confucio Montes de Oca, Horacio Reina, Valero Lecha, Zelaya Sierra y otros más que el arte traían como emblema…
La poesía estaba en boga: casi no había reunión social en donde no se declamara. Era la época floreciente de Juan Ramón Molina, Alfonso Guillén Zelaya, Luis Andrés Zúñiga, Froylán Turcios, Julián López Pineda, Rómulo E. Durón, Carlos Alberto Uclés y algunos más que gratísimo me sería mencionar…
Y ahora, usted también lo sabe.

 

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