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24 Julio de 1893, Se le da categoría de ciudad a La Ceiba, Depto. Atlántida

El 24 de julio de 1893 se le da categoría de Ciudad Puerto, dependiente de la Administración de Trujillo. En 1902, al crearse del Departamento de Atlántida, forma parte de este, quedando como la cabecera del Departamento. El 12 de noviembre 1940 se crea el Distrito Departamental de La Ceiba compuesto por el actual Municipio de La Ceiba, en 1957 se devuelve la autonomía Municipal.

Historia de Fundación: 

El Territorio que actualmente corresponde al Municipio de La Ceiba, era un enorme «muelle», extenso pantano que abarcaba desde la aldea de Salitrán hasta el río Jimerito en el municipio de San Francisco. Nos relataba don Rafael Canelas Osorio que cuando él vino por primera vez a La Ceiba, en el año de 1896, acompañado de sus hermanos Presentación y Modrigo. Al Sur la ciudad llegaba hasta la tercera calle, en el Este colindaba con el Estero, y al Oeste con el terreno Mazapán. Las viviendas estaban construidas alrededor del enorme árbol de Ceiba ubicado en lo que es el actual edificio de la aduana de la Empresa Nacional portuaria. Existían otros grupos de viviendas que correspondían a la aldea garífuna La Barra del Estero, Y el barrio Potreritos, Mazapán y lo que es hoy el centro comercial de la ciudad.

Los pantanos de La Ceiba comenzaron a ser rellenados por los olanchanos a partir del año de 1840, continuando con esta labor una serie de alcaldes progresistas entre los cuales sobresale Don Guadalupe Araque, El ex-alcalde Darío Mejía Rosales recordaba que, siendo aún adolescente, se podían observar los restos de un pantano frente a su casa de habitación, en lo que es hoy el parque Manuel Bonilla, donde merodeaban los mosquitos, jejenes y zancudos. Abundaban los esteros o diques cubiertos de lama verde y lechuga de agua. Estos remansos de agua eran alimenta­dos en los prolongados inviernos por las constantes crecidas de los ríos y quebradas, así como por los aguaceros torrenciales que caían aún en pleno verano.

En este enorme pantano sobre el cual se construyó La Ceiba, habían zonas de respetable profundidad, como el local donde funcionó el Teatro Luis en la avenida 14 de Julio, y el que abarcaba la actual Casa Cural, la Iglesia San Isidro, el parque Morazán y el Casino Atlántida así como el edificio de la Municipalidad. El Ingeniero Camilo Gómez y Gómez, una verdadera autoridad en problemas hídricos de La Ceiba, aseguraba que entre el Casino Atlántida, Casa Crespo, la Iglesia San Isidro y la Municipalidad, se utilizó más material de relleno que en cualquier otra zona del casco urbano de la ciudad, sosteniendo que otros pantanos pro­fundos que tragaron bastante material para rellenarlos fueron las zonas de las actuales colonias Pineda, Zelaya, El Sauce, Miramar, Carmen Elena, y los barrios Alvarado y Sola­res Nuevos, lugares que al mismo tiempo eran temidos por las llamadas «tierras falsas o movedizas». También eran peligrosos los manglares del barrio La Julia. La mayor parte de estas tierras movedizas se encontraban entre los cuatros ramales por las que antes desem­bocaba el río Cangrejal en el Mar Caribe.

Los Primeros Pobladores del Municipio (1810-1834)

La ciudad de La Ceiba se fue formando poco a poco en un período de tiempo de 110 años, que va desde 1810 hasta 1920. Este período de formación se divide en dos etapas:

La de los primeros pobladores de la desembocadura del río Cangrejal

Antes de que se fundara la ciudad, el Litoral Atlántico era una región de Honduras completa­mente virgen, y hasta el año de 1810 era despoblada en una área comprendida entre los puertos de Tela y Trujillo, donde no se encontraba ningún tipo de población de relativa impor­tancia En la cuenca del río Cangrejal había algunas aldeas de indígenas como Yaruca y La Colorada, las que mantenían una actitud de aislamiento con el resto de la población hondureña. La aldea La Colorada estaba poblada en su totalidad por Indios Tolupanes. La Cordillera Nombre de Dios era como un sólido muro natural de contención, por lo cual no permitía la facilidad en la comunicación terrestre con el interior del país, contribuyendo en gran medida al permanente aislamiento que ha caracterizado a esta región con el resto de Honduras. En el año de 1810, los garífunas llegan a darle vida y movimiento aun rico Litoral Atlántico que por más de 300 años permaneció dormido y olvidado. En la década de 1810-1820, comienzan a llegar a la Barra del río Cangrejal mercadería con procedencia de casi todos los puertos e islas del Caribe en las barcazas, canoas, lanchones y pipantes que los morenos vicentinos traían con contrabando, para ser vendidos en esta zona a «precios de gallo muerto», y ser después trasladados a Trujillo, Tela, Olanchito y al interior del país. Las primeras vías de comunicación terrestre que se conocieron en el Litoral Atlántico fueron las llamadas rutas garífunas; a «raya de costa», que partiendo del puerto de Trujillo, llegaban a la Barra del Cangrejal, para continuar hacia Tela y al resto de la Costa Norte. Hasta 1820, el puerto por el cual negociaban los olanchanos con el exterior era Trujillo; pero de esa fecha en adelante, poco a poco fue desplazado por el auge económico que se genera primero en la aldea de Pueblo Nuevo (actual Barrio La Barra, y después por La Ceiba, contando a su favor que no había ni la vigilancia ni el control aduanero que se daba en Trujillo. Desde el período colonial, el Litoral Atlántico prácticamente no era importante «ni existía» para Honduras, pues siempre fue una región que nunca les llamó la atención a las autorida­des españolas; mucho menos a las hondureñas.

Llegan los Primeros Olanchanos 

A partir de 1820 comienzan allegara la zona de la Barra del Cangrejal los primeros olanchanos a vivir en las aldeas garífunas, en una área comprendida entre los ríos Danto y Cangrejal, desplazándose a ésta región por la conocida ruta del puerto de Trujillo. Los primeros inmigrantes olanchanos eran rústicos campesinos, analfabetas, que trabajaban para los due­ños de las grandes haciendas de aquel vasto departamento. Después empezaron a abrir la brecha de cruzar «en línea recta» la Cordillera Nombre de Dios, exponiéndose a los ataques, airosos y hasta la persecución implacable de los animales salvajes que habitaban en el bosque virgen tropical, donde muchos seres murieron al no poder sobrevivir en condiciones tan adversas El paso que más usaron fue el fatídico Cerro de las Culebras, conocido también como el Paso de las Culebras.

Los primeros olanchanos no estaban acostumbrados a desplazarse por tupidas selvas don­de tenían que abrirse camino con sus machetes, y orientarse únicamente apelando al instin­to de conservación de la vida. A veces se agrupaban varias familias para realizar el viaje hasta la costa, pasando por experiencias aterradoras al verse obligados a abandonar sus muertos en plena selva. El Paso de las Culebras consistía en un largo y angosto camino que atravesaba casi toda la extensión central de los grandes macizos de la Cordillera. Por un lado estaba la empinada montaña de tupida selva, y en el lado opuesto los grandes precipi­cios.

Relataba Rafael Canelas Osorio, que en el año de 1896, junto con sus herma­nos Rodrigo y Presentación (Chon) Canelas, hicieron su primer viaje a La Ceiba y cometieron «la locura» de venirse por el Cerro de Las Culebras. Ellos viajaron desde su lugar de origen, San Francisco de La Paz, Olancho, afirmando que ha sido quizás la experiencia más dura y dolorosa de toda su vida. Salieron en una caravana de 47 familias que hacían un total de 175 personas, más las mulas de carga y ocho carretas donde traían los víveres, las mujeres y los niños. A La Ceiba sólo llegaron 29 personas a pie. Las muías que halaban las carretas, unas fueron devoradas por las fieras, otras picadas por las culebras venenosas, o simplemente cayeron en los enormes precipicios con todo y carga, bajo unos torrenciales aguaceros que más bien parecían diluvios.

Lo que más descontrolaba a los olanchanos era la agresividad traicionera y el ataque cons­tante de las fieras, situación que para ellos era algo nuevo: «pues más bien en Olancho las fieras huían del hombre, y aquí era todo lo contrario». Al caer la noche era cuando más se imploraba el Nombre de ‘Dios, sobre todo bajo los torrenciales aguaceros «que mojaban hasta el alma», apagándoles el fuego que les servía para defenderse de los animales.

Los hermanos Carlos y Jorge Lazo relataban que su tío abuelo Fernando murió en plena Cordillera después de un ataque masivo de las fieras. De la caravana en que venían no se salvó nadie. Por ese motivo ellos viajaron de Catacamas a La Ceiba por el puerto de Trujillo. Don Darío Mejía Rosales relataba que su padre, Manuel Mejía, afirmaba que en ningún lugar de Centro América se ha implorado tanto el Nombre de Dios, con gritos desgarradores salidos de lo más profundo del alma de las personas, como en el sangriento paso del Cerro de las Culebras. Los que lograron sobrevivir al infierno verde de la Cordillera, fueron atendi­dos en La Ceiba por los llamados médicos y brujos garífunas, quienes le lograron salvar de una muerte segura a muchos olanchanos, utilizando sus brebajes de medicina natural apren­dida desde el África y desarrollada en la isla de San Vicente. Desgraciadamente, en la actualidad todos estos conocimientos se han perdido.

 

Significado de su Nombre

El origen del nombre de La Ceiba, se debe a la existencia de un gigantesco árbol de ceiba (ceiba pentandra) o ceibón, que se alzaba a orillas del mar Caribe lugar donde hoy convergen la avenida principal y la primera calle. También se atribuye a que su fundador construyo su vivienda junto a un frondoso árbol de ceiba, el cual fue talado en 1917 para levantar la sede de la administración del puerto. Hasta entonces muchos denominaban a la ceiba •”el árbol de los hombres perezosos” ya que a su sombra esperaban decenas de obreros a que se les diera trabajo. Según la historia este árbol de Ceiba estaba ubicado el lugar donde actualmente existe el edificio de la aduana marítima, a orillas del mar Caribe, en el barrio el Centro a unos 50 metros hacia el este del muelle fiscal, que fuera construido en aquella época por una transnacional bananera, para el embarque de las frutas que se producían en las fincas ubicadas en el departamento de Atlántida, Colon y Yoro. De allí se originó el nombre de La Ceiba, cuando las personas que habitaban el lugar mencionado y quienes venían de otros lugares aledaños para trabajar en el embarque de fruta, acostumbraban decir “vamos a La Ceiba”.

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