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03 DE OCTUBRE 1963 CRUENTO GOLPE DE ESTADO CONTRA EL DR. RAMÓN VILLEDA MORALES.

Un día como se dio El golpe de Estado en Honduras pero  03 de octubre de 1963 el cual terminó con la sustitución del presidente constitucional Villeda Morales y el nombramiento de Oswaldo López Arellano como mandatario interino en Honduras.

Villeda Morales fue electo presidente el 21 de diciembre de 1957, su mandato debía durar hasta el 21 de diciembre de 1963, pero pocos días antes del término del mandato, un cuartelazo lo sacó del poder el día 3 de octubre de 1963.

El presidente de la Asamblea Nacional Legislativa y Constituyente era Modesto Rodas Alvarado, durante su periodo se creó la Constitución de Honduras de 1957, en la que se cambió la constitución anterior creada durante el gobierno de Tiburcio Carias Andino, de esta forma se pasaba a una nueva constitución en la que se prohibía la reelección presidencial.

El objetivo de la conspiración era prevenir que el Doctor Modesto Rodas Alvarado llegase al poder, ya que su ideología no estaba de acuerdo con las transnacionales bananeras estadounidenses y con algunos empresarios.

Precisamente ocho días después del golpe de Santo Domingo, el 3 de octubre de 1963, las fuerzas armadas de Honduras reprodujeron el drama en Tegucigalpa. El libreto apenas sufrió cambios de menor importancia. También aquí la acción comenzó a las tres de la madrugada, y los principales actores fueron nuevamente los oficiales de la fuerza aérea. Dos escuadrones de aviones de caza volaron sobre el palacio presidencial, advirtiendo al Presidente que debía rendirse si no quería sufrir un bombardeo, mientras las tropas del ejército dominaban a la guardia civil.

A las 5 de la mañana la voz del comandante en jefe de las fuerzas armadas, coronel de la fuerza aérea Oswaldo López, proclamó por radio a la nación que las «patrióticas fuerzas armadas habían intervenido para acabar con las flagrantes violaciones de la Constitución y la evidente infiltración comunista». En respuesta al creciente «clamor e inquietud del pueblo, ya la anarquía», agregó López, las fuerzas armadas habían resuelto salvar a la patria e impedir el fraude que se preparaba para las elecciones presidenciales que debían realizarse el 13 de octubre. El presidente Ramón Villeda Morales, cuyo período presidencial debía expirar ochenta días después, y Modesto Rodas Alvarado, el favorito en la sucesión, fueron llevados por la fuerza aérea al exilio en Costa Rica. Se suspendió el llamado a elecciones; se disolvió el Congreso; fue abolida la Constitución de 1957; y López se proclamó presidente provisional.

Lo mismo que en el caso de la República Dominicana la explicación ofrecida por las fuerzas armadas sobre los motivos de su intervención no soportan el menor análisis. Pues durante los seis años de ejercicio del poder el presidente Villeda había librado una guerra permanente contra los comunistas. En su condición de demócrata doctrinario, había denunciado insistentemente a los comunistas y a los castristas, y había atacado sus actitudes y sus métodos. Lo mismo que Bosch, prefirió afrontarlos con arreglo a las disposiciones legales, utilizadas eficazmente por él para eliminarlos de la burocracia y de los sindicatos de obreros bananeros. Es verdad que algunas pequeñas bandas de guerrilleros castrocomunistas habían actuado esporádicamente en el campo, pero el campesinado favorable al gobierno y las fuerzas armadas no necesitaban esforzarse mucho para mantener el control de la situación.

También había reuniones y demostraciones políticas en la capital, pero el hecho era perfectamente normal, habida cuenta de que se aproximaban las elecciones. Aparentemente no había indicios de que pudiera alterarse el orden público. Por supuesto, el golpe mismo impidió comprobar las acusaciones en el sentido de que era inminente el fraude electoral.

Tan pronto se examinan en una sumaria perspectiva histórica los elementos políticos y sociales esenciales de Honduras, es evidente que las razones enunciadas públicamente por las fuerzas armadas para intervenir fueron esencialmente superficiales, y que las mismas sólo buscaban disimular las razones fundamentales.

Hasta 1954, Honduras fue sin duda el estereotipo de una «república bananera». La industria bananera era el mayor y el único empleador en gran escala en la nación; las bananas suministraban la principal actividad comercial, la única exportación importante de la nación. La estructura social estaba formada por una pequeña minoría terrateniente, un millón y medio de campesinos mestizos, analfabetos, carente de interés en la cosa política y tremendamente pobres, y por una insignificante clase media. La política pertenecía al género que se practica con la ametralladora en la mano, y era el juguete del ejército de 5.000 hombres, que desde la Segunda Guerra Mundial en adelante comenzó a adquirir tanques y aviones. Los únicos grupos de intereses organizados –los bananeros, los terratenientes y los generales– a pesar de sus frecuentes rivalidades y disputas, conseguían controlar políticamente a la nación a través del Partido Nacionalista.

El primer desafío serio al sistema tradicionalista surgió en 1954. Ese año los frustrados intelectuales y profesionales incitaron a los grupos más pobres a que votaran por su Partido Liberal y por el candidato presidencial de éste, Ramón Villeda Morales. En las elecciones de 1954, Villeda Morales conquistó el primer lugar aprovechando que los generales dividieron temporariamente al Partido Nacionalista. Ante la amenaza de la izquierda, los nacionalistas ignoraron la disposición constitucional respecto de los resultados de las elecciones, 1 y simplemente instalaron en el poder al vicepresidente Julio Lozano. Esta actitud determinó que los jefes del Partido Liberal hicieran causa común con los inquietos oficiales jóvenes, dirigidos por el mayor Oswaldo López. Este último expulsó en 1956 a los generales y a Lozano, y encabezó una Junta que gobernó hasta diciembre de 1957. Luego se transfirieron los poderes ejecutivo y legislativo a Villeda Morales y al Partido Liberal, los triunfadores por abrumadora mayoría en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 1957.

Pero los activos jefes militares rebeldes no tenían la menor intención de abdicar el tradicional papel de las fuerzas armadas como árbitros políticos, o de permitir que las autoridades civiles se entrometieran absolutamente en las instituciones armadas. Y Villeda Morales tuvo astucia suficiente para comprender que su permanencia en el poder dependía de que tolerara la actitud de las fuerzas armadas.

Cortejó la buena voluntad de los militares; tuvo en cuenta la preocupación que ellos sentían por el orden público, y en consecuencia atenuó el tono de las promesas realizadas durante su enérgica campaña, en el sentido de una rápida reorganización de la sociedad y las instituciones anacrónicas de Honduras. Actuó lentamente, introduciendo modestas medidas de bienestar social, y buscando la cooperación de los nacionalistas en todos los planes para llevar a cabo la reforma de las estructuras económicas, sociales y políticas.

No se opuso a la tradicional autonomía de las fuerzas armadas. En cambio, recomendó a un Congreso igualmente obediente y atemorizado que asignara a los militares la habitual cuarta parte del presupuesto nacional, sin formular preguntas respecto del modo de inversión de los fondos.

Pero cada vez era más difícil gobernar el Estado en vista de la existencia de dos organizaciones políticas autónomas: el Partido Liberal y las fuerzas armadas. Desde el principio los oficiales conservadores discreparon públicamente con el Presidente. En el transcurso del año 1959 Villeda apenas logró sobrevivir a cuatro intentos de derrocarlo. El último fue obra de la policía, la que posteriormente fue disuelta para formar una nueva guardia civil de 2.500 hombres. A medida que los jefes de las fuerzas armadas gravitaban nuevamente alrededor de su tradicional base, el Partido Nacionalista, el aprensivo Presidente y su Partido Liberal comenzaron a convertir a la guardia civil en una suerte de contrapeso. Cuando Villeda Morales resolvió que esta última supervisara las elecciones presidenciales, la enemistad entre la guardia civil y las fuerzas armadas precipitó la crisis, pues las fuerzas armadas, tradicionales garantes y celosos defensores de la integridad de las instituciones del país, se habían visto privadas de una de sus habituales funciones.

Durante la campaña apareció otra amenaza a las fuerzas armadas, en la persona del candidato presidencial del Partido Liberal, Modesto Rodas Alvarado. Alentado por el abrumador apoyo de los campesinos, los obreros y la baja clase media, prometió acelerar el ritmo de las reformas y transformaciones. Prometió suspender la colaboración con los nacionalistas, aplicar inflexiblemente los programas agrario e impositivo que habían sido formulados poco antes por el presidente Villeda y aprobados de acuerdo con el programa de la Alianza para el Progreso. Los alarmados moderados se separaron de los liberales y organizaron el Partido Republicano Ortodoxo; pero a pesar del cisma, que anticipaba que Rodas triunfaría fácilmente. Cuando se señaló que las fuerzas armadas podían tomar partido si el programa provocaba resistencia de la derecha, Rodas se vanaglorió que estaba dispuesto a poner al ejército en su lugar, además de que no ocultó su simpatía por la guardia civil.

Pero es probable que el principal factor del golpe haya sido la ambición de un hombre: el coronel Oswaldo López, jefe de las fuerzas armadas, el mismo hombre que doce horas antes del golpe militar dio seguridades públicas en el sentido de que no habría ningún golpe. El coronel López había llegado al más elevado cargo de las fuerzas armadas a edad relativamente temprana, y de acuerdo con la tradición de la política hondureña aún tenía que escalar un rango en su carrera militar: la presidencia de la república.

Alentó las esperanzas de López el hecho de que su nombre era propuesto en la convención del Partido Liberal. Pero cuando el partido no lo eligió candidato, su ambición frustrada halló expresión en el resentimiento y la cólera personales. Cuando el Partido Nacionalista, que prefería el interinato militar antes que la continuación de los liberales el poder, lo exhortó a apoderarse por las armas de lo que le había negado con el voto, la tentación fue excesivamente fuerte y no pudo resistirla.

Los jefes del Partido Nacionalista se creían gobernantes de Honduras por derecho propio. Antes de 1956 su partido había dominado la política nacional, y consideraban que habían demostrado suficiente magnanimidad al permitir que los liberales gozaran de seis años de usufructo del tesoro y los cargos públicos. El grave problema que afrontaban consistía en que el gobierno y el programa del presidente Villeda había convertido al Partido Liberal en la organización más popular, de modo que no había perspectivas de que los nacionalistas pudieran retornar al poder a través de elecciones libres. Por el contrario, el Partido Nacionalista y sus dirigentes encaraban la desagradable perspectiva de seis años más sin favores oficiales, sin los emolumentos de los cargos públicos y sin oportunidades de practicar el peculado… todo lo cual podía implicar la destrucción del partido y la ruina financiera y pública de su dirección. Era la perspectiva por demás desagradable, y no podía aceptarla. En su desesperación y de acuerdo con una añeja tradición, llamaron al ejército para que se ocupara de «salvar a la patria».

Así, la decisión de los nacionalistas de impedir a toda costa la victoria liberal selló la suerte política de Rodas y de su partido. La actitud de los nacionalistas era que los liberales ya habían tenido su oportunidad bajo el gobierno de Villeda; ya era tiempo de que el gobierno volviera a manos más responsables. Como era imposible obtener democráticamente este resultado, se exhortó a los partidarios militares del Partido Nacionalista a que apelaran a la fuerza. El golpe fue aplaudido públicamente por los políticos del Partido Nacionalista y por los grupos de comerciantes y terratenientes.

Poca duda cabe sobre la naturaleza del gobierno que ocupó el poder en Honduras el 3 de octubre de 1963. Se trata evidentemente de un régimen que nació con el fin de bloquear las reformas consideradas perjudiciales para las fuerzas armadas y para los intereses de los sectores propietarios y comerciales. El coronel López se autoproclamó Presidente, y ejerce, como el coronel Peralta en Guatemala, los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Gobierna asesorado por un gabinete de nueve hombres –un coronel y ocho civiles de acentuada posición antiliberal.

Los comunistas y los castristas conocidos, tratados ahora como criminales y no como infractores políticos, han sido eliminados de las organizaciones estudiantiles y obreras. La guardia civil fue desarmada y disuelta. El ejército regular ha asumido el poder de policía, y ha reprimido eficazmente las demostraciones de los estudiantes y los obreros contra el gobierno.

¿Hasta cuándo permanecerán en el poder las fuerzas armadas? «Hasta que se hayan eliminado las condiciones que determinaron el movimiento contra Villeda», ha dicho el Coronel López. Cuando dio el golpe calculó que ello insumiría un año aproximadamente, después de lo cual sería necesario levantar un nuevo censo electoral, después de lo cual debía redactarse una nueva ley electoral, después de lo cual se elegiría una nueva Asamblea Constituyente para que reparara una nueva Constitución, después de lo cual se celebrarían elecciones presidenciales y parlamentarias.

La duración del período implicado en todas estas actividades y la aparente falta de futuro político para los liberales impulsó a Washington (por lo menos durante cierto tiempo) a suspender las relaciones diplomáticas, interrumpir la ayuda militar y retirar el personal del programade ayuda. Pero esta actitud no ha ejercido una influencia moderadora sobre los sombríos planes de López, y antes de terminado el año Washington reconocía al nuevo gobierno.

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