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LOS MAESTROS DE ANTES

Hace días que no revisaba el maravilloso libro del Poeta Oscar Acosta “Elogio de Teguciglpa”. Como siempre, sus páginas nos traen una historia hermosa de nuestro pasado no tan lejano, en este caso tomada de la pluma de don Jorge Fidel Durón:
Tampoco hablé antes de las picardías cometidas en clase, siempre en pandilla, para comentar la paciencia de los buenos mentores y la lealtad de los compañeros de aula. No obstante, el otro día alguien se acordaba todavía de cuando hacíamos el Don Tancredo desde los banquillos más altos de que disponía el Instituto Nacional, en los tiempos de los inspectores Don Alberto Sierra y Don Manuel de J. Garay. Pero sabíamos con quién hacerlo.
Jamás habríamos cometido la más leve falta en la clase de Aritmética Razonada, que nos daba el catedrático Pedro P. Amaya, graduado de Maestro de Estado en Chile. Entiendo que el ilustre pedagogo era de Yoro. Se paseaba por la clase a grandes zancadas, con las manos atrás, en silencio. De pronto con su vozarrón portentoso, comenzaba a preguntarnos la lección: “Si tenemos…” Y aquí desarrollaba el teorema con minuciosidad, para interrogar de súbito al más desprevenido de los estudiantes. Y ¡ay! del que llegara tarde a clase…
Igual cosa ocurría con el Dr. Julián López Pineda, que acompañaba las definiciones con los ejemplos más prodigiosos de metáfora, sinécdoque y todos los tropos habidos y por haber. En la lectura era sumamente estricto y al que por nerviosidad tartamudeaba, lo sentaba con además olímpico. Sus clases constituían un verdadero placer y a él, a Rafael Heliodoro Valle, a Luis Andrés Zúniga y a Joaquín Soto les debo saber todavía las poesías que aprendí de memoria en la infancia.
De esta época data nuestra afición por los periodiquitos mecanografiados. ¿Sus nombres? Seguramente se acuerdan de ellos Luis Rivera Martínez, Santiago Chavarría y tantos otros. Cuando en plática, no hace mucho, me acordaba de ONIX y CASTALIA, alguien con mejor memoria me apuntaba. “Estás equivocado: el primero se llamó EL AUTOMOVIL”. Y así debe ser porque, en aquel entonces, este era un artefacto endemoniado cuyo mecanismo no acabábamos de comprender.
¿Será este el epílogo de recuerdos tan gratos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que hemos dejado muchas cosas, agradables algunas y desagradables otras, que en seguida han de venir a atormentarnos. Marzo de 1966.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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