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UN PAÍS DE REVOLUCIONES Y SAQUEOS

A pesar de las apariencias y de no haber tenido revueltas violentas en el pasado cercano, nuestro país no ha estado, ni mucho menos, ajeno al carácter guerrerista de nuestros vecinos. Si no fuera más penoso que otra cosa, sería anecdótica la cantidad de presidentes que se han sucedido en el poder de nuestra república, cuyos nombres bien valdría la pena olvidar.
Esto se me vino a la mente al encontrar en la Revista del Archivo Nacional el texto que a continuación les transcribo, y que se refiere, increíblemente, a unos pocos años de nuestra historia, como para dejar un ejemplo de lo dicho:
Para saqueos el que en 1860 llevó a cabo el filibustero William Walker en el puerto de Trujillo. La noche de Navidad de 1863, el populacho entró al almacén de los Planas y asesinó a Quintín
Girón, en casa de doña Tomasa Palacios de Reyes, mientras se conmemoraba el nacimiento de Jesús: se salvó milagrosamente de caer en manos de la turba enfurecida un tal Antonio Rosa (a) Pico Chele, quien se escondió en la letrina de la casa. El tumulto era contra los “rojos” o liberales.
Dos notables motines: el de 1862, que principió con la muerte del Presidente General Guardiola y el de 1890 que se inició con la traición de Longino Sánchez, Comandante de Armas de Tegucigalpa.
Los levantamientos de “Cinchonero” en Olancho, de “Corta Cabezas” en Occidente del general Juan López contra Cabañas, de Arias contra José María Medina y los de Leiva y de Medina contra Arias, fueron célebres. Había entonces una facción en cada departamento y un presidente en cada facción, como ha escrito justamente el Dr. Alberto Uclés.
Era el tiempo en que los indios de Curarén mantenían en perpetua alarma a Tegucigalpa, los revoltosos de Olancho hacían incursiones hasta Cedros y el asesinato y el incendio eran lo más natural.
La ferocidad del general Ferrera, la osadía clásica de Guardiola, la psicología especial de “Medinón” y las marchas y movimientos de José Antonio Medina son temas para un historiador que trate de escrutar el fondo de aquella vida política. Todavía en 1890 las llamaradas de pueblecillos como Apacilagua, Tatumbla y Ojojona reproducían a maravilla el incendio de Comayagua, ordenado por el hondureño Justo José Milla en 1826.
Y ahora, usted también lo sabe

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