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JUAN RAMÓN MOLINA TRAS LA MUERTE DE DON TERENCIO SIERRA

El abogado y poeta Humberto Rivera y Morillo nos presta de nuevo su libro sobre Juan Ramón Molina para mostrarnos este otro aspecto, menos conocido, de su personalidad:
Cuando Sierra lo hostiga, le hace frente con la pluma. Y al perseguirle, se va sin decir una palabra, enmudeciendo como Zacarías. No habla sino hasta el nacimiento de la libertad. La revolución triunfa y el tres de mayo se instala el soberano congreso nacional, donde lee patriótica proclama el nuevo mandatario quien, de hecho, ha asumido el poder el primero de febrero en el Puerto de Amapala.

¿Por qué derrocan al “Tamagás de Coray”?
El Ruiseñor contesta: Porque la paz de Sierra y Arias era más horrorosa que la paz de las tumbas y porque la guerra era entonces una redención.
Se asegura que cuando Sierra sale emigrado rumbo hacia Nicaragua, anda exageradamente alegre, invitando a todo el mundo a brindar con los licores más finos que encuentra.
El 16 de mayo, escribe “La tiranía de Sierra”, refiriéndose a la “edad de oro del espionaje y la delación”. Y es que Bonilla, triunfando en los comicios electorales por más de 41,000 votos, es víctima de un crimen político que, como dice Molina, fue realizado con armas de sobra, dinero de sobra, esbirros y verdugos de sobra.
Respecto al odio hacia Sierra, Arturo Oquelí expresa: Años después, en la época que Molina se encontraba emigrado en San Salvador, arribó don Fausto, procedente de Belice, y entonces volvió a encontrarse con su antiguo secretario.
Don Fausto refería que por esos días recibió un cablegrama de Granada, Nicaragua, de doña Carmen de Sierra, comunicándole la muerte de Terencio, en su hacienda “La Estanzuela”.
Don Fausto, que fue secretario presidencial del general Sierra, sabía de las injusticias que la fiera de Coray cometiera con Molina, le mandó llamar para mostrarle el cable.
Decía el doctor Dávila que, al leerlo, palideció, posiblemente de cólera, notándole un ligero temblor en los músculos de la cara. Quedó un momento pensativo con el mensaje en la mano. Al devolvérselo, se pronunció indignado.
-Vea, Doctor, no pierdo la esperanza de ir a mearme a la tumba de ese bandido”.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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