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UN HOMBRE CONDENADO A SER FRITO EN ACEITE

Hoy nos seguiremos entreteniendo con esas historias que de vez en cuando escapan de nuestro pasado lejano, y tomamos esta lectura del libro de don Fernando P. Ceballos, “Folklore Hondureño”:

El día 6 de octubre del año 1820 ocurrió un espeluznante crimen en un pueblo de esta sección judicial, consistente en que un hombre, a quien se le llamaba “El Salinero”, quien era tenido como “empautado con el diablo”, mató a un hijo suyo para llevárselo en ofrenda humana al “uñudo», que en aquel día había ascendido de los antros infernales y se encontraba en su diabólica mansión del cerro Pencaligüe. El alcalde del pueblo, al saber la comisión de semejante crimen, mandó prender al parricida, quien fue capturado y maniatado con sogas benditas para evitar que se soltara con arte de maleficio.

Al llegar el criminal al pueblo fue puesto en la cárcel y metido en el “trozo”, instrumento de tortura usado por las autoridades coloniales de aquella época.

Es el caso que, tramitadas las diligencias procesales, fue condenado el criminal a sufrir la pena de ser frito en aceite hirviente, al toque de campanas, de tambores y cornetas, debiendo emplearse como lo manda la ley, aceite de olivas en acatamiento a que dicho artículo se importaba y fabricaba en la madre patria, la que al par que sabía emitir tan “sabias” leyes, asimismo sabía fabricar buenos aceites, que no solo servían para freír salchichones, sino que también para freír gente viva, como lo era el desgraciado “Salinero”.

Pero es el caso que en todo el pueblo no se encontraba aceite de olivas en cantidad suficiente, y por tal motivo se hacía más que difícil poder darle cumplimiento a la sentencia impuesta, y en vista de tales dificultades, el fiscal Antolín Cabrera, de nacionalidad española, hizo que el juez sentenciador resolviera sustituir el aceite reglamentario con manteca de cerdo, la que sí podía conseguirse en el pueblo en cantidad más que suficiente para la fritanga del criminal.

También se presentó la dificultad de no poderse conseguir trastos bastante grandes para someter al hombre al tormento del frito y hubo que descuartizarlo primero y así se cumplió la inhumana sentencia.

El relato verídico de estos sucesos fue encontrado por mi inolvidable compadre, maestro y amigo, el doctor Miguel Soto, en un expediente hallado por él en los archivos de la honorable corte de apelaciones de esta sección, según carta que me envió.

Ahí les queda este horrible recuerdo de nuestro pasado. Aunque las huellas de la Colonia en nuestro país no dejan de asombrarnos, también nos espanta la idea que tenían de la aplicación de la justicia.

Y ahora, Usted también lo sabe.

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