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UN HOMBRE QUE SE FUE

Hoy quiero aliviar la carga diaria con un poco de humor que me hallé en el precioso libro de don Ramón Oquelí (QDDG), “Mixturas”:

En su sección “Letras en la arena”, “El Día” ha dado cuenta que al filo del nuevo año falleció casi centenario en Buenos Aires Eduardo Zamacois. El estuvo en Honduras una semana de 1918 cuando gobernaba Bertrand. Este, que no sabía con quién se “jugaba los cuartos”, se dedicó a divagar en su presencia en el viejo Palacio Presidencial de Toncontín. Considerándose talvez poco aislado del mundo, el señor Bertrand vivía en una casona situada a tres o cuatro kilómetros de la ciudad. Era el señor presidente un hombre moreno, enjuto y pequeño, que accionaba apenas y hablaba muy poco.

“Yo sueño”, empezó diciendo el señor Bertrand, “con realizar la unión de todas las repúblicas centroamericanas. Es indispensable que estos pueblos de raza española se conozcan, etc, etc, etc.

“Yo le escuchaba”, decía Zamacois. “pensando que esto me lo decía un hombre en los alrededores de una ciudad para llegar a la cual, y siguiendo la ruta más breve, son indispensables dos viajes en lancha gasolinera y uno en automóvil”.

“Yo sueño”, había empezado a decir el señor presidente, “fue lo mejor que dijo”.

Arribó a Honduras vía La Unión, donde se había hospedado en un pobre mesón bautizado con el sonoro nombre de “Hotel de Italia”, cuyo dueño, con palabras en las que vibraba el magnetismo de los grandes convencimientos, le explicó que no expendía botellas de cerveza o licor porque “yo me conozco, yo me las bebería”.

“Aquel hombre”, comentó Zamacois, “al parecer rústico, poseía el supremo conocimiento, puesto que se conocía. Mi hotelero había leído a Sócrates”.

Alejándose de la costa salvadoreña, alguien cuenta la leyenda de una mujer que cautiva de los piratas, pidió a Dios la convirtiese en sirena. El narrador, que quería impresionar a una señorita vestida de negro, pero enemiga de contraer responsabilidades, advertía sin asegurarlo, que Dios al fin transmutó a la cautiva en sirena y desde entonces todas las noches se oía su voz en el Golfo.

La señorita vestida de negro no se enterneció. Ella, como yo, debía hallar ilógico que Dios se metiese a fabricante de sirenas, lo que era incurrir en delito de paganismo. Además, no parecía verosímil que la joven raptada se aburriese tanto entre piratas y sobre todo, a qué obedecía aquel su empeño de seguir cantando…

Y ahora, Usted también lo sabe.

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