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CUANDO LOS ESPAÑOLES SE FUERON DE TEGUCIGALPA

Una de las menos conocidas situaciones que provocó nuestra independencia fue la salida de las familias españolas, casi todas con grandes riquezas sacadas de nuestra tierra, y que veían como un insulto o amenaza lo ocurrido. Así lo describía don William Wells en sus “Exploraciones y aventuras en Honduras, allá por 1857:
Tegucigalpa, aunque no es el asiento del gobierno de Honduras, es la ciudad más grande y de más importancia de la república. Su población es hoy de 12,000 habitantes y se halla compuesta de una mitad entre “mestizos” y mulatos y otra mitad entre blancos, negros, cuarterones e indios. Los blancos puros están en pequeña minoría. La ciudad, que está regularmente trazada, tiene alrededor de dos siglos de existencia, y fue conocida en los días de los primeros colonizadores españoles con el nombre de Teguzgalpa. Desde la Independencia su población ha disminuido debido a la emigración de las familias aristócratas españolas, cuya riqueza, acumulada con el producto de las célebres minas de plata del departamento, fue repentinamente trasladada a España y La Habana. Con su fuga y el comienzo inmediato de las guerras, que acabaron con menguar las energías del país, la industria minera del departamento terminó. Los negros, que habían trabajado los “minerales” como esclavos, se convirtieron mediante un decreto legislativo en personas libres y los mineros, desanimados con los impuestos, abandonaron sus labores. Los trabajadores de las minas fueron reclutados por la fuerza para las pequeñas luchas entre los Estados. La minas fueron abandonadas o aterradas a propósito por sus dueños, que, no obstante, han retenido su derecho sobre ellas, año con año. Con la decadencia de esta rama de la industria, que había servido para sustentar al pueblo, la ciudad decayó también viviendo en una quietud solemne, de la cual aún no se recobra. Tal es el presente estado de Tegucigalpa, otrora la ciudad minera más importante de la América Central. Sus iglesias grandes sólidamente construidas, y sus residencias particulares, son hoy apenas tristes reliquias de su antiguo esplendor, que atestiguan por sí mismas el deterioro que ha sufrido en un cuarto de siglo de indolencia. Varias minas han sido reabiertas en los últimos diez años y se han reanudado las operaciones, pero los dueños no tienen los medios, la información, ni la energía de sus antepasados, y sus métodos no son sino una débil imitación de los que empleaban los viejos españoles.
Durante mis dos visitas a Tegucigalpa y sus alrededores, en las que gasté casi dos meses, hice gran acopio de notas y extractos de las obras españolas y guatemaltecas relacionadas con la historia de las minas de plata y la condición política del pueblo. El país descrito es uno cuyos recursos, unidos a un clima templado, son a propósito para atraer la atención de los norteamericanos; y razonable es suponer que eventualmente llegará a ser poblado por la raza anglosajona, por el hecho de que nuestras gentes pueden vivir ahí todo el año sin preocuparse por su salud.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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