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LAS HERRADURAS Y EL LEGENDARIO ORO DE OLANCHO

Nuestro relato de hoy sale de las páginas de las “Exploraciones y aventuras en Honduras”, de don William Wells:
Al siguiente día, a mediodía, dejamos la hacienda y atravesamos una región ondulante y muy arbolada. Muertos de sed llegamos por la noche a la hacienda de La Herradura. Esta hacienda difiere poco de las otras principales de la región. Los edificios son pequeños y de mal aspecto. Aquí residen algunas treinta personas y su dueño don Ignacio Meza, un joven olanchano que hacía poco se había casado, salió y nos recibió, apresurando su paso al reconocer al Padre Buenaventura. 

Entramos a la casa y fuimos presentados a su señora, una muchacha que se ruborizó cuando la saludamos y nos recibió cordial-mente y con gracia natural. El pequeño Arroyo de los Zopilotes corre cerca de la hacienda y desagua, según se nos dijo, en el Guayape, a unas diez millas al este. Durante buena parte del año este arroyo permanece saco.
Entre las leyendas de Olancho está la del origen del nombre de esta hacienda. En cuanto a que sea verdad eso lo dejamos al lector. Don Ignacio relató que en tiempos de sus antepasados el oro quizás era más abundante que el hierro y prueba de ello es que se halló una herradura de oro en la hacienda «y, en consecuencia», dijo él «ha de haber sido más barato en aquellos días usar oro que hierro».
«Y ¿qué hubo de la herradura, señor?», le dije, «¿por qué fue ésa la única que se encontró? Me parece que más de un caballo debió haber botado una herradura».
«Ah! Es que nuestros libertinos antepasados probablemente hicieron que se fundieran las herraduras de oro para monedas después de la destrucción de Olancho Viejo. Pero eso no es todo. Usted sabe que el oro es muy pesado».
«Si señor, ¿qué hay de ello?»
«Bien; en los primeros días de Olancho, los pescadores ponían pepitas de oro en sus redes para que se hundieran mejor en los ríos. Estas piezas han sido encontradas en los lechos de los ríos con agujeros a propósito para insertar en ellos las redes».
«¿En dónde se encontraron esas piezas, señor?»
«En Alemán, en El Murciélago y en otros lugares arriba del río, cerca de las propiedades de los Zelaya».
El Padre corroboró esta declaración y dijo que él recordaba bien cuando circulaban esas historias de tales descubrimientos. Temeroso de poner yo un punto final a estos detalles al exponer una duda, continué:
«¿Qué más recuerda usted, Don Ignacio, de las viejas crónicas?»
«¿Ha oído usted sobre el testamento de la señora….de Manto?»
Yo había sabido de este documento en Juticalpa, pero deseaba que mi anfitrión me repitiera la narración, que era, en síntesis, la siguiente:
«Hace más de doscientos años, el oro fue descubierto en Olancho y todo el mundo tenía acaparado el metal hasta donde podía cuidarlo. Era tanto, que con una vara se podía extraer hasta «una libra» al día».
«¿Una libra, señor?», le dije, incrédulo.
«Sí, señor, y más de una libra. El antepasado del señor Ayala, en Juticalpa, tuvo una vez cincuenta libras de oro en su poder, que obtuvo por compra que de ellas hizo a los indios».
«Es verdad, Don Guillermo», agregó el Padre. «El fue uno de los hombres más ricos. Pero eso no sorprende a nadie. Si usted examina los escritos de los viejos autores españoles, podrá leer en ellos, sobre las célebres montañas de oro de San Andrés en el departamento de Comayagua; allí encontraron ellos iguales cantidades».
«Bien», continuó Don Ignacio, «en aquellos tiempos, señor, había demasiado oro. Buques cargados de oro —millones— iban a España a engrosar el tesoro del rey; él tenía derecho al quinto de todo lo que se extrajera. En aquellos tiempos una señora anciana, que por mu- cho tiempo había estado ausente de Olancho, murió y dejó por testamento siete cabezas de ganado y cinco caballos, medio «celemine» (un gran montón) de «chispas», pepitas y oro en polvo, pero con la condición de que aunque los herederos podrían disponer como mejor les plugiera del oro, deberían en cambio conservar el ganado y los caballos en la familia».
“¿Y Por Qué eso?»
«Sencillamente porque en aquellos días apenas había comenzado la crianza de ganado; era por consiguiente muy escaso y de mucho valor, pero el oro cualquiera podía obtenerlo con solo tener la intención de extraerlo».
Y ahora, Usted también lo sabe.

 

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