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YA NO ES UN MISTERIO EL ORIGEN DE NUESTRO NOMBRE

Como les he venido contando, el origen del nombre de nuestro país no debe buscarse en don Cristóbal Colón. Para sumar a lo que ya les he comentado en fechas recientes, les comparto hoy un fragmento del “Panorama de la Poesía Hondureña”, de don Pompeyo del Valle:
Fue en esta tierra de Honduras donde por primera vez, en 1497, recaló una nave europea en tierra continental americana; y Juan Díaz de Solís y Vicente Yáñez Pinzón fueron — así lo escribió don Hernando Colón— quienes bautizaron al antiguo reino de Guaimura con el nombre de Honduras. Y es cierto que esta América resulta ser la bien llamada, como dice Levillier, porque en ese mismo viaje llenó de verdores sus ojos aquel corresponsal del Gonfaloniero vitalicio de Venecia: maese Amérigo Vespucci.
Cinco años después, en 1502, el Almirante de la Mar Oceania, don Cristóbal Colón, arribará a la isla de Guanaja, toda increíblemente verde y fértil —transcribe Pedro Mártir de Anglería—, para bordear después una costa de vientos adversos que se denominaba Quiriquetana y que él, en su ilusión del Oriente indio, llamó Ciamba.
Desde entonces Guaimura y poco después las Higüeras, donde había periclitado el florón científico del Primer Imperio maya —la metrópoli astronómica de Copán, patria del calendario—, cuyas ruinas asombrarían en 1576 al Oidor don Diego García del Palacio, comienzan sus trágicas historias de provincia española. El pasado precolombino de piedra y estuco mantiene aún su secreto inviolado —quizá por el poco requiebro de nuestros estudiosos.
A esta pequeña provincia convergieron las audacias y las codicias de los grandes conquistadores: las de Cortés —que escribía a Carlos V ser esta una provincia muy rica— con las de Pedrarias Dávila, el tetrarca del Darien; las de Cristóbal de Olid — conquistador de Michoacán que vino a morir en Naco, pagando así con su vida su traición a un traidor triunfante— con las del protegido del Obispo de Burgos, Gil González de Avila; las de don Francisco de Montejo —asombrado todavía de las grandezas de Yucatán— con las de Pedro de Alvarado, el Tonatiuh de la matanza de Iximché; y las de Alonso de Cáceres y de Chávez, alevosos inmoladores de Lempira, héroe de nuestra epopeya indígena. Aquí llegó —después de un viaje inverosímil— el propio don Hernando de Cortés, quien a punto estuvo de terminar sus días en Guaimura. Aquí dejó también las huellas de su crueldad, ajusticiando la rebeldía de Mázatl —el otro héroe indígena—, como había ajusticiado la grandeza de Cuauhtémoc.
La primera Relación de Honduras la escribió el primero de sus obispos: don Cristóbal de Pedraza. Y es de creer que la tierra impresionó gratamente al Obispo, porque la encontró lujuriosa. ―Primeramente la primera tierra que se vee de todos los que van a ella —escribió— es las sierras de la cibdad de Truxillo, que parecen a forma de dos tetas de mujer…‖
Siguen nuevas fuentes este otro camino. Parece que vamos en la senda correcta.
Y ahora, Usted también lo sabe.

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